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En agosto de este año, cuatro exalumnos del Seminario San Pío X de Ananindeaua, denunciaron ante la Fiscalía al arzobispo Alberto Taveira Corrêa por acoso y abuso sexual en la comunidad religiosa de Belém, al norte de Brasil, una capital católica en la que, según un censo de 2010, 860.000 habitantes de 1.39 millones son católicos.

Según la declaración de los denunciantes, los hechos habrían ocurrido hace al menos seis años, en 2014, y en años anteriores, cuando los cuatro tenían entre 15 y 20 años y mientras estudiaban en el seminario.

Por su parte, El Vaticano ha estado investigando los hechos durante la segunda mitad de este año y ha escuchado a todos los implicados, ya que la denuncia también se envió internamente a la Iglesia.

Dos de los exalumnos declararon para el diario El País de forma anónima sobre el caso. El primero afirma que Alberto Taveira comenzó a acosarlo a los 15 años y que abusó sexualmente de él cuando tenía 18. Además, al descubrir que el joven mantenía una relación con otro seminarista, el arzobispo lo amenazó con contarle esto a su familia si hablaba.

Mientras que el segundo cuenta que a él lo empezó a acosar cuando tenía 20 años, pero consiguió alejarse del arzobispo antes de que las cosas llegaran a más.

Los cuatro jóvenes declaran que era normal que Corrêa diera sesiones privadas de orientación espiritual en su casa.

“Algunos sábados por la mañana, llegaba a su casa y había una cola de chicos que esperaban que los atendiera”, expuso uno de ellos.

Es así como el arzobispo identificaba a los jóvenes que consideraba homosexuales, se ganaba su confianza, los llevaba a su casa con la excusa de ayudarlos a dejar de ser homosexuales, los acosaba y abusaba de ellos, según los cuatro denunciantes.

Con el fin de “curarlos”, el arzobispo utilizaba el libro La batalla por la normalidad: una guía para la (auto)terapia de la homosexualidad. Sin embargo, en la práctica les hacía preguntas para saber si se masturbaban, si eran activos o pasivos, si veían pornografía y los obligaba a desnudarse, a tocarlo y a dejarse tocar, afirman dos de las víctimas.

Los exseminaristas que dieron declaraciones para El País dicen que no denunciaron antes por miedo.

“Fue precisamente el 9 de mayo del año pasado cuando el Papa Francisco publicó esto”, expuso una de las víctimas mostrando la Carta Apostólica Vos Estis Lux Mundi, “Esto de aquí lo cambió todo. Lo vimos tan pronto como salió y dijimos: ‘Aquí hay un camino, ahora lo hay’”.

En dicho documento se establece una especie de ley con mecanismos y normas claras para que las denuncias o sospechas de abusos sexuales cometidos por miembros de la Iglesia católica se investiguen internamente, se denuncien y se castiguen, explicó el diario español.