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Para bien o para mal, estaba transicionando ya grandecita. Por el lado bueno, había tenido chance de vivir mucho, de viajar, avanzar en el trabajo y hasta hacer un buen colchón para cuando se pusiera difícil la cosa. Por el lado no tan bueno, yo no tenía experiencia con la diversidad, con excepción de los amigos gay de mi hermana que eran super divertidos y a veces iban a comer a la casa.

En mis primeras salidas a la calle usando alguna prenda femenina o algo de maquillaje, las cosas no me estaban saliendo muy bien. Esas salidas consistían en recoger a mi única aliada -hetero- para ir a un centro comercial, tomar un café, y a veces para hacer como que ella compraba la ropa que realmente era para mí.

Un día que iba por ella y me había atrevido a ponerme una blusita femenina, iba tan nerviosa que en un semáforo le di un topecito al coche de enfrente. No le hice nada, pero estaba tan nerviosa de bajarme vestida así, que le ofrecí un chorro le lana al señor. Él lo tomó con asombro, porque no solo iba a pagar su golpe ¡sino invitar a comer a toda su familia! Otro día caminando en un centro comercial, dejé a mi amiga hablando sola, porque al ver a una niña de mi oficina venir hacia nosotras salí corriendo. Cuando me llamó preguntando qué había pasado, yo ya andaba por lo oscuro del estacionamiento y le dije “¡corre, vámonos de aquí!”. Ella me hizo burla hasta años después.

Pero llegó a mi vida una maravillosa aliada lesbiana, ¡por fin! Ella iba a abrir un mundo ante mis ojos. Poco a poco me fue instruyendo, ayudando a avanzar, y me iba retando para que saliera de mi zona de confort. Pero llegó el día de dar un paso muy grande. “Te invito a una comida con mis amigas lenchas” me dijo. ¡Wow! Iba a ir como de cero a cien en un solo día.

Ahí voy toda sexy con mi minifalda y bien maquillada. Estaba no nerviosa, ¡lo que le sigue! Me costaba mucho el tema de la voz, que yo sentía que me echaba a perder todo el look. Me iba a costar abrir la boca. Cuando llegué, todas estaban de jeans y camiseta ¡que risa! Fueron muy amables conmigo y hablé poco al principio, se podía sentir que estaba creciendo la expectativa.

De repente tocaron un tema en donde a fuerzas me tocaba dar mi opinión: La aviación. ¿No les conté? Entre mis gracias resulta que soy piloto privado, y cuando alguien dijo que no entendía como un avión se sostenía en el aire y por lo tanto daba miedo subirse a uno, mi amiga me volteo a ver y dijo “Aquí Juliette les explica”. Uf, se hizo un silencio sepulcral, 28 ojos puestos en mí y hasta creo que se hizo un vació que se chupó todo el oxígeno que había en la sala (nada más estoy exagerando un poquito, pero bueno, así lo sentía yo). Aclaré mi garganta, expliqué como funciona la aerodinámica y terminé con un suspiro. Prueba superada.

Ya más tarde, sacaron sus álbumes del mundial de Brasil que estaba próximo. Eran increíbles, hablaban en mi idioma y los ánimos aumentaban mientras discutían de futbol. Me estaba divirtiendo mucho. De repente, se me ocurre levantar la voz con autoridad:

“No, no, no. No se me hagan bolas. Un fantasma se cierne sobre Brasil y hará ver al primer Maracanazo como cosa menor. Ese fantasma se llama Alemania (mi equipo)”. Uf, ¡qué atrevimiento! Pero estuvieron de acuerdo conmigo y la historia me dio la razón. Yo ponía de mi parte y el universo completaba la escena.  Ese día, me había integrado como una más de ellas…