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En la primera noche mágica, arriba de la montaña entre el humo de los inciensos y la luz de las velas, pasamos al altar central para escoger una cartita del “tarot del niño interior” y a mí me tocó el dos de espadas. En una escena hermosa en el mar, con “Surya” (el sol) en el fondo, dos niños jugaban a las espadas, uno más andrógino, que interpreté como mi niña empezando su transición. La niña era quien atacaba, mostraba más energía, y el niño contenía el ataque.

Ese retiro, además de marcar el principio de mi transición, era el inicio de una preparación que tomaría un año, para llegar a mi primera ceremonia de Ayahuasca, en donde cambiaría mi vida por completo. Así llegó el día y tuve antes una consulta con el doctor, ese maravilloso ser que acompañó mi transición. Él dijo: Juliette, a partir de aquí tu terapia va a cambiar y estará basada en ese mundo mágico (Resulta que el doctor estudiaba la magia). Me dejo unas tareas antes de la ceremonia:

Cuando comas tu manzana, cómela despacio, poniendo conciencia en cada mordida, en el sabor, en el olor, sin pensar en nada más. Camina lento, una cuadra diaria y báñate lento. Esto calmará tu mente y tu miedo. Imprime tu carta y llévala a la ceremonia.

Necesitaría un libro entero para explicar lo que se detonó esa noche… ey, esperen ¡Ya lo escribí! Pero aquí vamos a transportarnos a una escena. La medicina se sentía fuertísima, empezó a meterse en cada célula de mi cuerpo, era fresca, era poderosa, sentí miedo, mi cuerpo se paralizó, pensé “me estoy muriendo”, el cuarto desapareció, el canto se hizo cada vez más lejano y entendí, mi larga preparación no había sido en vano, ¡ésta es la prueba! Me debo dejar ir, y sin ninguna duda dije: ¡llévame a donde necesites, soy tuya! La medicina subió su potencia un millón de veces, y salió un rayo de luz por mi cabeza hasta el infinito. Vi mundos, universos, ¡multiversos!, no había tiempo, solo eternidad. Cada célula de mi cuerpo sentía un amor y una paz imposibles de explicar.

Saqué la carta y pasó algo impresionante, se empezó a mover y contarme una historia. Los niños bajaron las espadas, a la niña le creció una cola de caballo. Un camino apareció por detrás del niño, pero detrás de la niña no había camino, ¿Por qué? El camino del niño era desde el pasado hasta el presente, él, valientemente, le había hecho camino a la niña para llevarla hasta ahí. De repente, él brincó hasta la piedra donde estaba la niña y se abrazaron. De la nada, un camino se hizo desde la piedra de la niña hacia el horizonte, hacia el futuro. Es el camino que le tocará recorrer a la niña. Le pasaron la estafeta.

Cambio la escena y la niña iba manejando un coche viejo, como esos que manejaba mi abuelo con las velocidades en el volante, mientras que el niño en el asiento de atrás se disponía a echarse una siesta y dejarse llevar. Había mucho agradecimiento en la niña con ese ser que sin entender sus sentimientos o quien era, tomó la valiente decisión de ser una persona de bien, de prepararse mucho y trabajar fuerte, de esperar en silencio con una paciencia de Buda, creando ese espacio seguro y sagrado para que la niña saliera de su cueva donde hibernaba.

Era claro el mensaje, la niña tenía el control, le habían pasado la estafeta. Pero intensa como ella sola, ni siquiera permitió que el niño fuera su copiloto y lo mandó a dormir atrás. Con el tiempo, lo metería a la cueva y se olvidaría de él, y solo la sabiduría que vino en la forma de muchos trancazos de la vida, le haría honrar e integrar a ese valiente niño, para convertirse en un ser que integraría las cualidades de los dos: ¡un ser sumamente mágico!…

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