Foto de Wendy van Zyl en Pexels
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Si bien pareciera que la homosexualidad y la religión son como el aceite y el agua, imposibles de mezclarse de forma efectiva, la mayor parte de las veces vemos aparecer estas dos realidades de forma conjunta. Y es que, por lo menos, en América Latina la religión sigue pesando mucho.

De hecho, muchas personas LGBT+ sufren discriminación en sus propias casas debido a que en nuestro país hay muchos hogares creyentes. Y, aunque la religión que predomina en México es la católica, hay otras más que también fomentan la discriminación al colectivo.

En el cristianismo, por ejemplo, se practican exorcismos a las personas LGBT+, ¿puedes creerlo? Evidentemente, no del tipo de las películas, pero sí bastantes agresivos. Acá les dejo una historia narrada por una chica, quien fue exorcizada por ser lesbiana.

Historia de un exorcismo

Mi madre se acercó a Dios cuando yo era muy pequeña, tenía unos 5 años cuando comenzó a ir a la iglesia cristiana. No es raro que haya crecido creyendo en él, yendo los domingos a la escuela dominical y aprendiendo que el que está fuera de la ley divina terminará por la eternidad consumido por las llamas del infierno.

Ahora, imagínate lo que sucedió cuando se enteró a mis 15 años que me gustan las mujeres, y no sólo que me gustan, sino que estaba enamorada de una. Bueno, su primer impulso fue llevarme a rastras a la iglesia a que me practicaran un exorcismo y, quizá parezca cómico, a mí algunas veces también me lo parece, pero esa experiencia fue una de las más traumáticas de toda mi vida.

De eso ya pasaron varios años; no me acuerdo bien cómo fue que comenzó todo, pero sí recuerdo estar rodeada por un círculo de personas con las que yo convivía tres veces por semana; no eran extraños, eran mis “hermanos”, a los consideraba una segunda familia y quizá eso lo volvió más doloroso.

Sin importar cuan cerca los creía, ellos comenzaron a orar, al principio en voz baja, pidiéndole a Dios que tuviera piedad de mí y de mi alma; uno de ellos me pidió repetir una oración rogándole a Dios que me enviara un buen hombre para casarme con él, la repetí, y -antes de que me juzgues por ello- déjame explicarte que yo tenía una lucha interna entre lo que creía y lo que sentía.

Por un lado, crecí en la iglesia, leyendo la Biblia, con las reglas y normas que conlleva metidas muy dentro de mi cabeza y, por otra parte, había encontrado a mi primer amor, estaba descubriendo apenas todo un mundo de emociones que esa mujer desencadenaba en mí.

Regresando a mi “exorcismo”, era tanta la presión que les di el beneficio de la duda, e incluso pensé: “Si esto es un demonio ¡sácamelo ya, Dios mío!”. No recuerdo cuánto tiempo pasó, me parecieron horas, aunque quizá fue menos; en algún momento las cosas subieron de nivel y se tornaron violentas; alguien me dio a beber aceite, otra persona comenzó a gritar, me preguntaron el nombre de ELLA y yo lo dije.

La insultaron, la llamaron perdida, hija de Satán y no sé cuántas cosas más, Y con cada palabra yo iba perdiendo más y más la fe. Incluso, en algún momento estuve tentada a fingir la voz para asustarlos. Los conocía tan bien que sabía que si realmente hubiera una manifestación de algo sobrenatural todos habrían salido corriendo.

De pronto, la violencia subió un peldaño más; la delgada línea que separaba al supuesto demonio de mí se desdibujó. Ellos gritaron, me jalonearon, me tiraron al suelo, me arrojaron aceite y agua; alguien me escupió. Entonces, comencé a llorar, no por arrepentimiento, no por avergonzarme de ser lesbiana; si no por miedo, nunca me he sentido tan humillada y violentada como en ese momento, pues gritaban con tal fuerza que creí que el siguiente paso sería golpearme físicamente.

Llegó un momento en el que le pregunté a Dios: – ¿Por qué permitiste esto? -, me enojé con él, no sólo por la humillación, también por haberla puesto a esa mujer en mi camino, por todo lo que estaba sintiendo hacia alguien de mi mismo sexo. Todo hubiera sido tan sencillo si hubiese sido heterosexual.

Estaba herida, quizá no tanto físicamente, pero mi corazón estaba totalmente roto. De repente, alguien me levantó con fuerza tirando de mi brazo y creo que hasta grité de miedo. Entonces una de las mujeres que estaban ahí se atrevió a intervenir y evitó que volvieran a tocarme. Me abrazó y me consoló compadeciéndose de mí, mientras yo seguía llorando.

Si ese era el amor de Dios, si el ser humillada era como me lo demostraba, entonces yo no lo quería; prefería abrazar el pecado y perder mi alma que volver a sentirme tan violentada.

Cuando todo terminó, regresé a casa, tomé un cambio de ropa y hui. Odié a Dios, odié a mi madre y a todos los que estuvieron ahí esa tarde, pero el enojo no me duró mucho tiempo. Todos en la iglesia se enteraron, se volvió un escándalo y yo me volví una paria de la congregación.

Sin embargo, no todos estuvieron de acuerdo con el exorcismo y la consiguiente expulsión de la iglesia; uno de mis amigos comenzó a buscar en otras iglesias que aceptaban a las personas homosexuales, escuchó predicas e inclusive mandó un correo haciendo preguntas a una iglesia gayfriendly en Florida, Estados Unidos.

Él y yo hablamos hasta varios meses después y esa plática me ayudó mucho a sanar mi corazón, pero también me dejó un montón de preguntas de las que aún no tengo todas las respuestas y quizá nunca las encuentre.

El pastor con el que habló mi amigo argumentó a favor de la homosexualidad poniendo de ejemplo la relación entre David y Jonathan, o la de Rut con Naomi, e inclusive le habló de cómo las traducciones actuales de la Biblia no son tan fidedignas y cómo muchas palabras dependen de la interpretación que les dé el traductor; en las iglesias son tan contundentes en cuanto a la palabra, cuando bien lo escrito en la biblia puede referirse a algo muy distinto.

Nos entró la curiosidad y comenzamos a leer y a investigar por nuestra cuenta. No te diré cada una de las referencias, no se trata esto de darte una predica, sólo te diré lo que me ha ayudado a mantener mi fe en Dios sin avergonzarme de mis sentimientos.