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Mis cielas, he quedado con la boca abierta al enterarme de la libidoooo, su origen, pues, que si la cultura, que los siglos de los siglos, que si la realeza, que si la academia (no la de TV Azteca, eh, manas), que si los romanos entrones y que si todaaaa! Les cuento a continuación, pey atenshon, may darlings!.

Figúrense nomás que según mi diccionario de la Real Academia Española, libido hace referencia al deseo sexual, considerado por algunos autores como impulso y raiz de las más varias manifestaciones de la actividad psíquica.

Esa definición, comadres, aplaude y alude a mi Sigmund Freud, quien acuñó este término hace varios años y años, o sea, en el siglo XIX.

Con decirles, manas, que se empezó a emplear como mero tecnicismo en medicina y psicología, para luego generalizarse en el lenguaje común y corriente. “La libido sigue los caminos de las necesidades narcisistas y se adhiere a aquellos objetos que aseguran la satisfacción de las mismas”, escribió el padre del psicoanálisis en su libro El porvenir de una ilusión por allá de 1927.

La palabra libido, hijas, no tenía nada que ver con el sexo peeeero como viene del latín que significa deseo desmesurado, se aplicaba mucho a la conducta de los romanos (ya ven que eran bien entrones y sin pena le daban gusto al gusto) y fue entonces que se les agenció hartamente a las personas que en aquellos tiempos tenían excesos desmedidos.

Hoy en día, manas, en pleno 2020 de pandemia (porque aquí seguimos, hijas), cuando pronunciamos ya sea oral o escrita la palabra libido, es prácticamente que estamos refiriéndonos a lo sexual como tal.