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¡Camila Sosa Villada la vuelve a armar con su nuevo libro!

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Por: Gabriel Gutiérrez García

Camila Sosa Villada la escritora trans argentina que ganó el Premio Sor Juana Inés de la Cruz que otorga la FIL de Guadalajara en 2020, en este 2022 nos deleita con “Soy una tonta por quererte” una colección de 9 relatos con su particular estilo entre la crónica, el cuento y la narración de historias increíbles y por lo tanto totalmente posibles.

Camila se revela (nos revela) un poco más de su historia y nos regala historias de deseo, terror del pasado y futuro y vidas familiares con su toque de realismo mágico con temas tan fuertes como el abuso infantil, la vivencia trans, la migración, entre otros.

Crónicas que recuerden a Lemebel y su sabor latinoamericano, pero “Totalmente Camila” con la pasión, la fuerza, la noche, la rabia, lo resiliente, lo amoroso, la belleza, la contundencia de su escritura.

Camila en su nuevo libro tiene 2 historias que se leen, se escuchan se huelen, saben a México en especial “Cotita de la Encarnación” (travesti que fue achicharrada en la Nueva España después de un juicio que le realizaron a él y a las personas que delató) Camila con el personaje de “Cotita” nos regala una historia por demás mágica.

“Soy una tonta por quererte” fue publicado por la Editorial Tusquets y gracias a Editorial Planeta Mexicana es posible encontrar el libro en todo México.  Es justo gracias a Planeta que podemos acceder a un adelanto del nuevo libro de Camila y es justo un extracto de la historia de “Cotita

Cotita de la Encarnación

Dimos más de cien nombres cuando comenzaron a torturarnos. No quisimos enviar a nadie a la hoguera, pero el golpe y el miedo ignoraron nuestra voluntad y nos convertimos en delatoras. Cada delación aportaba más resentimiento. A lo último apretábamos tanto los dientes, obligadas a hablar, que comencé a masticar las astillas de mis propias muelas. De esos más de cien nombres, tacharon uno a uno los de los españo-
les. Ellos eran intocables. Los perdonaron y dejarona unos cincuenta prisioneros hacinados que yo veía desde el fondo a través de mis ojos hinchados a puñetes y lágrimas. Habremos sido poco más de cincuenta sodomitas los que encerraron en ese sótano durante el mes y nueve días que duró nuestro proceso. Todos sodomitas del este, indios, mulatos y negros desperdigados por los suelos como esquirlas de una guerra.

A ellos, a los extranjeros, en nuestra propia tierra, los perdonaron por encima de nosotros. Dijimos una y otra vez que los españoles absueltos venían al oriente obligados por nuestro canto, que cruzaban hasta San Pablo olvidándose de la Corona, de las piedras de la iglesia y las recomendaciones de sus antiguos libros. Pero no importó.

De los cincuenta y tantos detenidos, no sobrevivimos más que diecinueve. Murieron en los interrogatorios, en el mismo sótano en el que nos tenían a todos extinguiéndonos de hambre y de sed, nadando en nuestra propia mierda aguada y en nuestra orina ensangrentada por lo mucho que nos habían roto por dentro. En el mismo México donde todo abunda, donde todo crece y sobrevive. Cuando todavía éramos cincuenta, soltaron los perros que llenaron su panza con la carne de los que estaban cerca de la reja. Los condujeron después de una hambruna de días hasta el foso donde nos tenían confinadas. Abrieron las rejas y soltaron sus cadenas. Se vinieron encima de los sodomitas que habían sido detenidos últimos, justo después de nosotras. La sangre orienta la sangre como una brújula. Solo hay que derramar una gota para hacer un río.

Las primeras cuatro, las que dimos los nombres, estábamos muy al fondo. Las primeras que apresaron. Nos encontraron la noche del 27 de septiembre dur miendo unas sobre otras, muertas de miedo, en una casa que pensamos que nos escondería mejor. Nos sacaron arrastrándonos de los pelos. Yo rogaba que tiraran de otro lado, por favor, que iba quedándome pelona, pero no me escucharon. Nos arrojaron ahí abajo después de azotarnos como bestias. Estábamos bien al fondo de la catacumba, cubiertas por la sombra de nuestra propia vergüenza.

Juanito Correa, La Estanpa, llegó al otro día de la detención, fue a la primera que buscaron. Vino bañado en sangre y con el rostro corrido de lugar a causa de tanto golpe. Le faltaba un pedazo de lengua que se había mordido durante una convulsión por tanto palo recibido en la cabeza. Y con el pedazo de lengua que todavía le quedaba, me juró que iba a caer toda la maldita Ciudad de México, que se iba a terminar el asunto de gozar a escondidas. Con el mismo pedazo de lengua me consoló por mi debilidad, por haber dado los nombres de quienes fueron mis amigas, mis amantes, mis mentoras, mis más grandes amores.

Recuerdo el sol sobre mi culo como los ojos de un dios calentando mi piel. Yo saltaba sobre el pito del amante aquel del que ya no supe nada. Alto el sol de la tarde, bajo unos sauces que nos cubrían con sus lágrimas, el Texcoco salado escuchando mi apareamiento. Mientras subía y bajaba de su verga, rogaba tener limpitas las tripas para no arruinar el momento con ningún rastro de mierda, porque este amante que tenía dentro me gustaba y era virgencito. ¡Qué afortunado se sentía! Debutaba nada menos que con el cuerpo de la gran Cotita de la Encarnación, Juan de la Vega Galindo, la más aseada, travesti amada por su madre, querida por sus vecinos, traicionada por su amiga un 27 de septiembre, recién comenzado el otoño. Todavía recuerdo la cantidad de veces que escupí la palma de mi mano para lubricar nuestro pecado bajo esos testigos divinos: los árboles, el agua, el cielo y el sol. Y recuerdo también las risitas que ignoramos porque todo estaba tan bonito
entre los dos que nos quedamos gozando como bestias. Pero alguien nos espiaba, alguien sabía lo que no podía saberse.

Juana, una lavandera con la que más de mil tardes lavé en el lago la ropa de tantos, fue la que nos descubrió uno encima del otro. Corrió con las autoridades y dibujó un rayo entre mi espalda y su dedo. Juana, me mataste, le dije, pero ella miró a la tierra y la tierra le dio vuelta la cara. Juana, me mataste, le dije, a mí que jugué con tus hijos, a mí que puse paños de agua fría sobre la frente de tu Miguelito, cuando la fiebre amenazaba con llevárselo a la Huesuda. ¿No compartí mi maíz y mi chocolate contigo? ¿No nos reímos juntas, como amigas, una junto a otra, al ver a dos changos pelear por un plátano? ¿No te consolé cuando tu esposo te pegó? ¿No lo maldije, acaso? Pero Juana ya no me escuchó, ella había hecho lo suyo, nos había delatado por estar haciendo el amor como los perros.

¡Tú, y tú, y tú! Y también tú estuviste en mi casa. Bebiste del agua fría que te serví con generosidad, gritaba La Estanpa, señalando uno por uno a los curitas que bajabana tirarnos agua bendita. ¡Que lo sepan! Y este guardia que está aquí parado, y también ese que me pegó en la cabeza hasta hacerme temblar, todos ustedes me comieron el culo como si en el mundo no quedara pan. Pero nadie la oía ya, cada uno sabría si estaba diciendo la verdad, y entre todos se apañaban con que la desgraciada estaba loca. Todo lo
que hacían era apuntar con sus cruces hacia nosotras. Y La Estanpa, como poseída, maldiciendo a México. Maldijo tanto que un temblor hizo caer a los soldados al suelo y los puso blancos de miedo. Durante un mes y nueve días nos tuvieron en esos sótanos donde a veces recibíamos la visita de espíritus muy antiguos, espíritus que habían aprendido a hablar escuchando a los hombres en sus primeras fogatas, al inicio de todo, cuando el mundo todavía estaba limpio. Lamashtu, Lamashtu. Voces muy viejas venían a recordarnos que aún podíamos llegar a comer del platito de la venganza. Hundan esta ciudad, maldíganla.

Sequen el Texcoco. Una voz confiable, una voz oída toda la vida. Lamashtu. Me puse en pie, asqueada, después de haber chupado los huesos mal rebañados que habían dejado los perros, y condené al lago donde lavé la ropa e hice el amor. Que te seques, que te comas esta ciudad hasta desaparecerla entera. Antes de hacernos salir por primera y última vez al día transparente de México, un hombre chaparro y sucio vino al sótano junto con cinco soldados. Era la mano derecha del virrey, un extranjero maldito como los otros. Cortó las pupilas de trece de los que todavía vivíamos, con un filo de vidrio. Yo le conocía hasta los nombres de los piojos que saltaban en sus huevos. Mi choza lo conocía al derecho y al revés, vestido y desnudo, digno y mancillado. Tal vez por eso me dejó conservar mis lindos ojos indios. Cuando se fue, entre alaridos y maldiciones sodomitas, vendé una por una a las trece maricas ciegas con las ropas que habían resistido a las dentelladas perrunas. Les besé los ojos para dar sepultura a sus miradas. La Estanpa gritaba que no necesitaba de sus ojos, igual los veía perfectamente, que recordaba sus nombres, que se iba a vengar de cada uno de ellos.

De los diecinueve que iniciamos la marcha hacia el fuego, tan solo llegamos catorce a San Lázaro, donde estaban los leprosos. Las trece ciegas y yo. Dimos el primer paso sabiendo que muchos de los que ahí caminábamos no llegaríamos a arder como nos merecíamos.

Recuerdo las lenguas anaranjadas tan altas que parecían querer quemar las nubes con sus arañazos de fuego. La leña todavía tenía ese perfume violento del verano reciente, la madera goteaba resina apenas la acercaban al calor. Las chispas parecían dibujar nuestra futura danza junto al diablo.

Alrededor la gente se reía, bebía vino; bailaban como remolinos, como si estuvieran viendo ángeles pasar frente a sus ojos. Nosotros, ángeles caídos, puestos en vergüenza delante de todos. Las ciegas tropezaban, caían, se volvían a levantar. Así eran, como un ajolote. Yo veía en la multitud manos que sostenían piedras del tamaño de una cabeza humana, lanzas filosas que mantenían en alto, los rostros deformados entre la risa y el grito. Desnudas dábamos tristeza. Cotita, Cotita, qué sabor tiene la carne, gritaban. Juanita Correa, cómo te sangra el culo, pecador. Se iba haciendo barro bajo nuestros pies, nos orinábamos, nos cagábamos con una mierda líquida como de pájaros. Teníamos terror. Muchas lloraban.

Alguna se puso a hablar en su lengua materna, ciega bajo los trapos con que contuve la hemorragia. Lengua de indias, la lengua de nuestras madres. Era la tarde y sobre el Zócalo se dibujaban sombras acariciadas por los niños que jugaban con palitos, como espadas, se daban muerte como grandes señores. La última visión, como una última cena. Nos despedían todos los colores de las indias que miraban asustadas detrás del apelotonamiento de gente. Las indias lloraban, se abrigaban con el rebozo, y mi corazón tosió de pena, se raspó por dentro, y pensé cómo los mataría, uno por uno, con qué placer me los hubiera comido crudos. A los hombres que había amado y que ahora estaban ahí queriéndonos muertas. A los vecinos. A Juana Herrera que me había condenado a esta muerte. A los vecinos que contaron con pelos y señales mis amores de noche. A los demás. A las mujeres a las que les cuidé los hijos. Mujeres a las que di abrigo cuando sus esposos las corrieron de sus casas. Mujeres a las que compraba tortillas y frutas en el Zócalo, mujeres con las que compartí una ramita de alguna planta que crecía en mi casa. A todos, con cuánto gusto los hubiera matado.

Me revolqué con todos los hombres que nos tiraban inmundicias, como la gran puta que era, la sirena puta del lago Texcoco. Había cogido con cientos de aquellos hombres, les había enseñado todo todito sobre el amor, no les había enseñado más pues… porque ya no quedaba nada que enseñarles. Les enseñé a desear, a respirarme cerca y decirme cosas bonitas mezcladas con porquerías. Los acostumbré a la suciedad del amor, a su olor a caca, a los picores y goteos, a las pústulas, las ampollas y las fiebres, a la costra y a la roncha, a los ardores, a los cardenales que quedan después de pelearse cuerpo a cuerpo con un otro. Los acostumbré a la sangre y al aliento limpio de beber tanta agua y mascar tanta menta, a lubricar con el moco de las pencas, a comer frutas mientras con nuestro fornicio faltábamos el respeto al dizque dios y al dizque rey. Les enseñé a perder la vergüenza de estar en manos de otra persona, en cueros y con tanto apetito. Incluso les enseñé a hacer el amor con sus mujeres. Los había comido enteros, recostados en la hierba donde yo misma dormía cada noche, bajo las hojas de plátano que debía cambiar después de cada lluvia. Cuando me hacían el amor, parecían nadar en un río moreno, oleoso. Yo derramaba aceite como una lámpara agrietada, ellos conocían cuan oscuras eran las tinieblas dentro de mi culo, la noche larga que escondía entre las nalgas, la piel estriada de las torvas y las axilas, mi pelo negro y lacio, ralo por los años que llevaba en la tierra. Conocían punto por punto los hilos de mi jubón, las cintas de colores que chorreaban de mis mangas, la señal que dejaba para decirles el camino a mi boca, a mis manos y a mis intestinos. Les había dado chocolate de beber en la boca. Qué delicia tu chocolate, Cotita, decían, y yo me untaba las nalgas de chocolate que hervía y ellos me lamían. No vayas a estar sucia, Cotita, decían ellos, y yo me retorcía y les contestaba que de ese pozo se podía beber agua con confianza.

Sí. A esos hombres yo les decía mi alma, mi amor, claro que lo hacía. Estaba engendrada en lo cursi. Mi madre india lavaba la ropa al atardecer sobre una artesa brillante y pura. Mi madre me daba de comer en la boca flores de zapallo cuando era pequeña y enfermaba. Mi madre fue la primera en llamarme Cotita, renunció al nombre de mi bautismo, ningún Juan para nadie. Yo les decía mi amor y ellos pagaron con la hoguera. Una larga canción de amor mexicana. También fui eso, además de pecadora. Un poema escrito por Rosario Sansores. Una Llorona con pito que se arrastraba por la noche en las flores del camposanto. Un corazón que fallaba latiendo en la voz de Chavela. El tesón de La Doña frente a los mediocres que nos querían de rodillas y en silencio. Eso era yo entonces y no lo sabía. En la marcha, mientras nos llegaban de todos lados los piedrazos y los escupos, yo solo me lamentaba por mi cuerpo.

La caminata no duró mucho. Nos hacían caminar a punta de lanza. Estábamos ya cerca de la hoguera, pero mi adentro se iba hacia atrás, allá muy lejos cuando era niña y no había poder divino que hiciera que no me sentara en el suelo como las mujeres y no ajustara mi talle con hilos de colores y no quebrara la cintura al bailar. Vi el mantel que bordó mi madre el día que me fui de su casa para vivir mi vida, muy cerca, donde alquilé una choza que prendieron fuego. La casa donde bailé y pequé y pequé hasta que fue imposible salir viva de aquello. Me fui tan atrás —tal vez alucinando por el hambre que por fin conocería su fin— que tuve entre mis manos, en el camino de la vergüenza, el mantel que me regaló mi madre aquel día que partí. Bordó un guajolote esplendoroso, un guajolote valiente que miraba hacia adelante desafiando mis ojos. Los ojos que el inquisidor conservó. Mis ojos que vieron el amor en los ojos de muchos amantes, una especie de piedra transparente dentro de la pupila. Algo que querían darme pa’hacerme yo unos pendientes, pa’que mi madre bordara en mis faldas. Mis ojos que habían jugado con casi todos los niños de San Pablo. Los ojos de Cotita de la Encarnación, que había cuidado y querido hijos ajenos más que a su propia madre. Les enseñé a contar y a decir oraciones en silencio, pa’que los angelitos los protegieran y pa’que el animal en que se convierte el espíritu cuando dormimos fuera fuerte y bravo. Los niños venían a mi falda, tía Cotita, decían, sorteaban las gallinas, los perros y las cabras, las plantas carnívoras que los acariciaban al pasar. Me traían fruta, llenaban de frutas mi falda. Me regalaban ranas de todititos los colores, tía Cotita, te queremos mucho. Sus padres me conocían, sabían que era honrada, que jamás lastimé a nadie, ni a la sagrada tierra de México, ni al polvo de muertos sobre el que caminábamos, ni a la visión de Dios desde un cielo muy lejano. Los niños también gritaron de júbilo. Ellos también celebraron cuando vieron mi choza arder. Ellos también escupieron.

Había lavado sus ropas. Les conocía el olor de arriba y de abajo y de más abajo, les conocía los manchones de todo lo que puede manchar un cuerpo. Lavaba sus ropas y las secaba al sol, como si fueran mías. Teñía sus camisas con betabel y les sahumaba los humores con copal. Nos empujaban a la hoguera y al mismo tiempo nos herían con sus lanzas. La gente celebraba como si fuera Año Nuevo. Comenzaron a arder, uno por uno, los sodomitas del poblado. El aire se arruinó con el lamento y el olor a comida, a carne asada. Los ancianos se cubrían la nariz con sus pañuelos embebidos en vino, que les dejaban negros los labios y las barbas avioletadas. Gritaban con desesperación y al final ya no les quedaba garganta y tan solo ardían. La carne quemada se metió por mis
narices y me privó para siempre de cualquier otro olor. Por último ardí yo. Antes, mordí la oreja de varios y ahí me partieron la frente con un garrote. No sé si era la cuarta o quinta vez que me cagaba encima por el dolor. Me ardió, fue eterno, hay que morir en una hoguera para saber cuánto tiempo es la eternidad. Me quise arrancar de mí misma, quitarme de encima lo que dolía. Con lanzas me mantuvieron entre las llamas. Y cuando el dolor se extinguió y todo se volvió estrellas, vi a una mujer con cabeza de cerdo. Tenía garras de gato en las manos y una gran cicatriz en el vientre. La voz de mi madre cantó una canción en náhuatl, fue ciñéndose a mí; yo que había quedado disgregada de dolor volví a ser un cuerpo y la mujer con cabeza de cerdo me dijo: Lamashtu. Quédate con sus hijos. Quédate con ellos. Lamashtu. Era la misma voz que nos había aconsejado en el sótano donde estuvimos presas.

Y entonces supe que volvería a este mundo una y otra vez después de muerta. Entregaría mi bondad al Leteo, bebería un sorbo de su agua para olvidar y regresaría a este mundo para arrastrarme bajo sus camas, poner pequeños cánceres en sus estómagos, en sus pulmones, haría crecer pelotas de uñas y de pelos entre sus órganos y sus músculos. Regaría con enfermedades la existencia de sus descendientes, de todos aquellos que me encontraron la noche del 27 de septiembre de 1658 y de los que me vieron morir en las llamas un mes y nueve días después. Metería en la carne de sus hijos mi alma resentida.

Así me mataran, me quedaría con sus hijos. Los tomaría siendo niños, cuando no diferencian la crueldad de la bondad, y ahí, en esos cuerpecitos de nada, depositaría mi vicio travesti. Permanecería en su carne hasta el entierro y una vez muerta volvería y me buscaría a otro, hijo, nieto, tataranieto tal vez de todos los que me traicionaron. Los usurparía de noche, les cambiaría su nombre, su reflejo en el espejo. Iría matando la esperanza de verlos convertirse en hombres y los perfumaría con aceites de mujer, con gestos de mujer, los envolvería en listones y les pondría dentro, muy dentro, un hambre terrible por sus esposos, por sus generales, por sus presidentes, por sus obispos y papas, por sus hijos, por sus hermanos, por sus nietos, por sus jefes y sus esclavos. Y después, me los cogería a todos.

Cuando solo quedaron cenizas y carbones de los catorce sodomitas que quemaron en aquella fiesta alegre, me quedé maldiciendo y desatando pequeñas tragedias en la vida de esa gente. Cuando arrojaron los restos de la matanza al lago Texcoco, nosotras comenzamos a secarlo. Ya no queda ni su sal.

Fragmento del libro Soy una tonta por quererte  (Tusquets), © 2022, Camila Sosa Villada. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México