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Tras la muerte del activista por los derechos LGBT y pionero del Vogue en México Omar Feliciano, aka Franka Polari, se han organizado diversos eventos de reflexión y homenajes.

Misael Quintero  (@refresco_ en twitter) nos mandó un texto en memoria de Omar.

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La furia hiper-textual de Franka Polari.

Misael Quintero | @refresco_

las poses son efímeras, el estilo es eterno
YSL (polari in-your-face mix)

Para la mayoría Omar Feliciano era una diosa voguera, una encarnación de Kali la oscura en el ballroom, para otros se trataba un activista comprometido de toda la vida —una voz adolescente atendiendo llamadas de miedo y angustia en TelSIDA por ahí de los noventas― pero esa loca era muchas cosas, demasiadas, más de lo que cualquier reseña o memoria podría evocar, su furia, es decir, su fuerza era incontenible.

Para mí fue un maestro, un estudioso del lenguaje y de la escritura, e incluso, por un tiempo también fue un amigo; con él aprendí lo bueno, lo malo y lo peor, todo atravesado, todo indisociable. Su partida es quizá la última lección que nos deja a muchos de nosotros.

A Omar lo conocí por allá de 2005 en un departamento de interés social sobre Avenida del Imán, yo aún era un adolescente intentando contruirse una identidad y me sentía por completo fascinado entre tanta personalidad virtual, esa fue la primera reunión de Rockeros-Gay a la que asistí, un grupo de MSN que en aquél entonces convocaba a la disidencia musical y cultural de la propia disidencia sexual. Alternativas todas, desde morritas, y ahí andaba yo a mis 16 o 17 años, Memín tendría yo creo unos 19 o 20, ya no me acuerdo bien, las otras estaban más pasadas, más veteranas, una rayona y otra darketa, la del cantón incluso cantaba y producía, inventada de las primeras. —Ésta es Franka Polari me dijeron, lo recuerdo bien por su bermuda y su camisa floreada, dándole a un porro escarchado. Al poco rato ya ibamos de salida porque el anfitrión tenía un compromiso, al poco rato ya iba yo con algún Feliciano en ruta hacia Nezahualcoyotl: Esa noche amanecí viendo las estrellas en alguna azotea.

Pasarían algunos años antes de que yo me convirtiera en amigo de Omar, fue hasta su regreso de Japón que comenzamos a interactuar, a su despedida en El Under ni siquiera jalé porque yo aún era un morrito. Para cuando lo volví a ver ya andaba en el desmadre.

Por gracia o por desgracia, fue Omar el primero que me jaló al Marrakesh, un bar con sinfonola y mesas metálicas en la calle de Cuba, en el Centro Histórico, y ahí estaba él, bailando como si se tratara de un conjuro o una invocación: La danza de Shiva tiene siempre múltiples comienzos. Habíamos estado intercambiado conversacions virtuales que ahora sólo puedo evocar, estaba yo particularmente interesado por su escritura hiper-textual, sus narrativas palimsésticas que circulaban en foros y blogs de internet. Hay un texto en particular que me marcó profundamente y que lo sigue haciendo hasta la fecha, un ensablaje copy-paste en el que Kitschya Duchamp —uno de sus tantos pseudónimos― trasponía auncios clasificados de homosexuales buscando encuentros casuales, conversaciones virtuales, citas de Historia de la sexualidad (Foucault), versos de Rimbaud y Cernuda, letras de Marilyn Manson y consignas del ACT-UP, una suerte de curaduría textual que suturaba múltiples discursos intentando esbozar la complejidad de un problema que en aquél entonces apenas si se podía esbozar: la emergencia de la sub-cultura barebacking dentro de una mal-llamada comunidad homosexual.

Omar siempre fue un pionero, un vanguardista, ilegible y escandaloso para quienes no alcanzabamos a descifrar la irreverencia de su discurso ni sus motivaciones. Hoy hablar sobre barebacking es un tópico común cuando se habla de transmisión de VIH entre hombres homosexuales, pero en aquél entonces nadie quería escuchar hablar de eso, estabamos tan imbuídos en el catecismo doctrinario del condón que cualquier perspectiva ajena resultaba anómala, quienes le conocieron podrán dar cuenta de todas las veces que su discurso fue censurado por atreverse a traspasar la moral bien-pensante de activistas y funcionarios públicos.

La primera vez que escuché hablar sobre reducción de daños, así de como de profilaxis pre y post-exposición, fue a través de sus palabras y su escritura, empatía viral como él le llamaba, anti-retrovirales que nos hermanaban con nuestros amigos y amantes, también con nuestros muertos. Tuvieron que llegar las farmacéuticas a recetarnos PrEP para que pudiesemos hablar de todo esto con mayor sensatez, y aún así, seguimos a años luz del enfoque de cuidado comunitario en el que tanto insistía Omar.

Sin embargo, no es propiamente de su trabajo como activista en torno al VIH del que quisiera hablar, menos aún de su virtuosidad voguera en las pistas de baile, y que en muchos sentidos marcó una bifurcación radical en nuestros caminos. Una bifurcación que por otro lado le llevó hacia un nuevo esplendor, rodeado de gente joven que veía en él a una madrina de baile, un baile destructivo de opresiones y prejuicios, pero que puede pensarse también como otra plataforma de su inagotable escritura: un texto evanescente hecho con el cuerpo.

Feliciano era un grafógrafo, un amante de la escritura el mismo sentido que Roland Barthes, Salvador Elizondo o Severo Sarduy, fascinado como ellos por la caligrafía oriental, ese imperio de los signos inaccesible para la mayoría de nosotros occidentales. Durante casi una década Feliciano alimentó de contenido dos sitios de internet, que como una suerte de bitácoras hiper-textuales, retrataron su pasión por la escritura: http://noplaztikmachin.blogspot.com y http://frankapolari.blogspot.com; ambos sitios compilan su indagacción a través de los vericuetos del lenguaje y la grafía, el primero enfocado a la literatura oriental —repleto de inapreciables traducciones—, y el otro, un compilado de sabiduría marica, el JoTao como él mismo le llamaba, una mezcla entre entre filosofía de vida y ese fino arte de la lengua con el que homosexuales y otros disidentes, trastocan los géneros —sexuales y discursivos— a través de la floritura en la palabra. No es casual que @tipographo fuera uno de sus tantos apodos, uno de los múltiples sellos con que Omar Feliciano firmaba su reproducción textual. Quienes tuvieron la dicha o desdicha de intercambiar palabras con él, reconoceran su maestría lingüística, una ejecución iligible para los neófitos, una sátira e ironía mordaz que le debía mucho a Carlos, otra bufona letrada.

Como Novo, también Feliciano escribía con caca, literal y metafóricamente, se trataba de hacer filosofía con fluidos como él mismo decía. Su escritura era pura desconstrucción, una palabra que de hecho nunca aparece entre sus textos, pero que no tenía la necesidad de aparecer, pues está puesta en acto a través de su densa y extensa escritura, una obra inexistente por efímera, pues mucho de lo que él pensó y escribió está perdido entre las espesas capas de una arqueología virtual todavía por emprender. En algún sentido, la obra escrita de Omar Feliciano no fue propiamente una literatura sino una práctica performativa, diseminada a través de foros, chats, sitios de ligue, conversaciones de Messenger y correos electrónicos, medios a través de los cuales desplegaba una crítica ácida a la todavía vigente misoginia del colectivo homosexual.

Franka Polari fue, además de voguera, el nombre de un personaje virtual, una madam avant-pop del transgénero literario, subversiva como ella sola, y pues como me decía hoy la tía Pulques: esa vieja nos sacó filo a todas. Si nunca te bufó seguro que no la conocías. Y sus bufes eran demoledores, mero pretexto para evidenciar nuestra falta de perspectiva, nuestra falta de empatía y nuestro silencio ante los crímenes de odio, pero también la alienación de nuestro consumo rosa de aparador. Hablaba de Naviplastik para referirse a la Marcha Conmemorativa del Orgullo LGBTTT, una forma sintética de denunciar la forma mercantilizada en que convertimos lo que algún día fue un movimiento histórico de protesta. Y sin embargo siempre lo vi ahí, una vez incluso nos acompañó a un conversario post-marcha donde no paraba de insistir en que la homofobía era el reverso de un mismo fenómeno llamado misoginia. Esto último es algo que después de toda la movilización feminista apenas comenzamos a reconocer.

Omar hablaba del sindicado de maricolas para convocar a sus múltiples voces, palabras de injuría a través de las cuales desmantelaba la hegemonía heteropatriarcal en todas sus vertientes, incluyendo esa hiper-masculinidad gay que todavía hoy seguimos cultivando como un culto fálico, «además —escribía la Polaroid― retomamos el lenguaje de la denigración para demostrar que mientras ustedes piensan que nos insultan nosotras nos aburrimos de su limitado vocabulario».

Feliciano no hacía teoría torcida, sino que era una torcida práctica; queer es un adjetivo que se queda corto ante sus arrebatos intempestivos y su mística de baile, esa obvia era todo y Marx. Y ahora que nos ha dejado, nos quedan sólo sus huellas, las impresiones de una vida repleta de intensidades y de potencias, cuyos efectos apenas comenzamos a dimensionar.

Quiero recordar a Omar con esta foto tomada por Óscar Sánchez en el 2005